Traducido del italiano para Rebelión por S. Seguí


He vuelto a atravesar el umbral de mi casa, frente al puerto de ciudad de Gaza, después de bastantes días. Todo está como lo dejé: la bombona de gas sigue anoréxica; la corriente eléctrica, cortada por unas grandes tijeras de podar extranjeras. Donde estaba el cuartel de bomberos, a veinte metros de mi puerta, hay un enorme cráter en el que los niños vagabundean como para exorcizar el terror de sus padres.

La llamada a la oración de la tarde ya no tiene el consuelo de la salmodia del muecín al que me había acostumbrado. Quién sabe donde ha ido a parar, si es que ha conseguido sobrevivir en la cúspide de uno de los pocos minaretes que siguen en pie. La última vez que lo escuché, este muecín anónimo se había visto obligado a interrumpir la liturgia de su canto por una tos acatarrada. Una tos que yo también conozco bien: el gas de las bombas en Gaza no perdona a nadie. Bajo una puerta-ventana que da sobre un pequeño balcón he encontrado un mensaje, como deslizado por una mano amiga. De estos mismos papelitos están cubiertos el jardín y la calle. Los han dejado caer los aviones israelíes, e instan a la población palestina a seguir alerta, a tomar conciencia de los muros que tienen ojos y orejas. "Al mínimo acto ofensivo contra Israel, volveremos a invadir la Franja de Gaza, y esto que habéis vivido los días pasados no es nada frente a lo que os espera."

En la calle, unos muchachos habían recogido estos papelitos y los habían plegado para hacer aviones de papel, que intentaban devolver al remitente. Al teléfono, Ahmed me cuenta otro jueguecito de los adolescentes de Gaza: hasta hace unos días se divertían atizando de nuevo algunos fuegos, pateando los fragmentos de bomba de fósforo blanco del que está sembrada toda la Franja. Los residuos de estos ingenios de alto potencial químico parecen seguir teniendo capacidad incendiaria imperecedera: días después de su detonación, si se agitan los fragmentos recogidos se corre el riesgo de que se incendien de nuevo. El personal sanitario del hospital Al Quds cuenta cómo han descartado a intentar apagar los incendios provocados por estas bombas prohibidas, ya que las llamas parecían alimentarse al contacto con el agua. "El fruto de toda esta mierda que nos han echado encima en estas tres semanas, lo recogeremos en un próximo futuro en forma de tumores y niños nacidos con deformaciones", me ha dicho Munir, médico del hospital Al Shifa.

En Sderot como en Ashkelon, los ciudadanos israelíes han pedido formalmente a su gobierno explicaciones sobre las armas utilizadas en la masacre: es evidente que el uranio empobrecido y el fósforo blanco dispersados de manera criminal sobre ese pañuelo de tierra que es Gaza no harán distinción, a la hora de provocar enfermedades genéticas, entre judíos y musulmanes.
Debemos estar en plena tregua, porque hoy, durmiendo en mi cama, me ha sacado del sueño el ruido sordo de cañonazos de buques de guerra, exactamente como hace unos días. Algunos pescadores palestinos estaban intentando salir del puerto, con sus redes, en sus barquichuelas minúsculas. La marina israelí los ha hecho volver. Hoy, el único pescado que es posible comer en Gaza son las latitas de atún egipcio que introducen por los túneles.

Sobre el tejado de la casa de Naema, la frontera israelo-palestina nunca ha tenido un contraste parecido. De una parte, las verdes colinas constantemente irrigadas de los kibbutz israelíes; de la otra, el secarral de una tierra a la que han robado sus fuentes y pastos. Naema me ha contado sus últimos días, un testimonio olfativo, táctil y auditivo de la masacre, no ocular porque Naema es invidente. Los soldados ordenaron la evacuación de su población sólo unos minutos antes de la incursión. Los hombres cargaron a sus espaldas los niños pequeños y, junto a las mujeres, escaparon. Naema optó por quedarse para no ralentizar su fuga, y se refugió en su casa por considerarla segura, a la vez que acogía en ella a sus vecinos que no sabían dónde ir: tres mujeres, una anciana y un anciano paralítico. Los tanques y los bulldozers entraron y comenzaron a sembrar la muerte, devorando hectárea tras hectárea, hasta inmovilizarse ante la vivienda de Naema: el edificio en el que vive es el más alto del poblado, al estar situado sobre una pequeña colina. Los soldados israelíes, considerándolo en una posición estratégica, entraron y lo ocuparon durante dos semanas. "Durante todo este tiempo sólo nos han traído de beber dos veces, y la comida eran los restos del rancho de los soldados. No nos han permitido ir al baño y hemos tenido que hacer nuestras necesidades en un rincón de la pieza. No nos permitían hablar, y venían a maltratarnos cuando, de noche, intentábamos rezar juntos."

Al undécimo día de prisión, la Cruz Roja Internacional consiguió finalmente llegar al lugar y arrancar de las manos de sus carceleros y poner en libertad a los seis palestinos. "No nos han permitido recoger nada, ni siquiera mis gafas oscuras", termina su relato Naema, y añade que cuando consiguieron volver a ocupar la vivienda se dieron cuenta del hurto de los soldados: se habían llevado todo su oro y dinero escondidos, después de haber destruido los pocos bienes, dos televisores, una radio, un frigorífico y los paneles solares del techo. He visto las lágrimas en los ojos de esta mujer, escondidos tras sus nuevas gafas oscuras, y me han parecido los más intensos que nunca viera. En realidad, Naema ha visto con sus ojos gastados muchas más cosas que una joven de su edad tendrá nunca ocasión de ver, a menos que tenga la mala suerte de nacer en esta tierra martirizada.

Sigamos siendo humanos.

Fuente original:
http://www.ilmanifesto.it/il-manifesto/argomenti/numero/20090123/pagina/11/pezzo/240267/

 

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