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22 de Enero de 2009
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Noticias
Primeras imágenes de Attattra, noroeste de Gaza
22 de enero de 2009
El 18 de enero, el primer día que Israel detuvo la mayoría de bombardeos sobre toda Gaza (la marina sigue bombardeando en estos momentos), después de enterarme de que el padre de mi amigo estaba vivo en la zona este de Jabaliya, me fui hacia Attattra, la zona del noroeste, que había estado cortada desde la invasión terrestre de las tropas israelíes. Como era de esperar, la destrucción era tremenda; el número de víctimas es alto y aún no se conoce con precisión. La gente se movía en dos direcciones: había quien iba a ver qué había sido de sus hogares y quien abandonaba las ruinas llevándose consigo el máximo de pertenencias que le quedaban.
"Ésta es nuestra carretera principal", dijo Yusef secamente, señalando hacia los pedazos de cemento ondulante y la arena que antes servía de vía de comunicación a las ciudades y pueblos de esta región. "Aquí debería de haber casas. Ahora no hay nada", añadió, al parecer hablando más para sí mismo que para mí.
Yo me había fijado en la carretera en seguida: totalmente destripada por el centro, echa pedazos por las garras de un bulldozer o las orugas de un carro de combate, una imagen que se repetiría en varias calles principales. Había también carros tirados por caballos o mulas, repletos hasta arriba de colchones, mantas, ropa y muebles, intentando maniobrar en estas calles recién surcadas, abarrotadas de gente, o rodear montañas de tierra.
Me había encontrado con mi amigo Yusef en el cruce principal. Él había llegado de Ciudad de Gaza mucho antes, para confirmar que su propia casa estaba destruida: "No queda nada. Han arrasado con ella. He recuperado dos pares de pantalones, eso es todo", me dijo. "Ya me lo esperaba. No hay ninguna casa en que los soldados israelíes no hayan entrado, dañado o destruido. No hemos podido venir a verlo hasta hoy", me explicó. Los disparos y las bombas de las tropas israelíes impedían entrar a cualquiera, que salieran los heridos o que llegaran las ambulancias. Éste es un punto que no nos podemos cansar de repetir.
Nos topamos con Anis, otro empleado de la agencia de noticias Ramattan, que estaba frente a su casa destruida. "Fue tocada en los primeros días de la invasión por tierra", nos dijo. "Un F-16. Gracias a Dios, ya nos habíamos ido. Cuando empezó el bombardeo, yo estaba llorando. Lo único que quería era sacar a mis hijos de aquí", nos confesó. "De todos modos, ninguno a muerto, gracias a Dios. Mi madre, mi padre y mis hijos, todos están bien".
"Pero no queda nada", añadió. "Walla ishi", absolutamente nada.
Dirigí la vista carretera abajo y observé la presencia del mar, lo bonita que era antes aquella zona y las posibilidades que tenía de volverlo a ser. "Era un oasis", coincidió Anis. "A la gente le encantaba venir aquí; era una zona tranquila y relajante". Nos despedimos de Anis, y seguimos por aquel camino bordeado de devastación, siempre adelante. Superamos otro cráter de 8 metros de profundidad.
Seguimos por la calle Salatín, de camino hacia la escuela donde se había encontrado a niños quemados y medio comidos por perros. Mientras caminábamos, Alberto reconoció la zona como un lugar al que habíamos venido al principio de la invasión por tierra, durante la noche en que, sumida en la oscuridad, la gente salía en tropel de sus casas, huyendo, escapando de los cañonazos de los tanques. Aquella fue la misma noche en que bombardearon la escuela americana; la misma noche que la ambulancia con la que estaba cruzó una estremecedora carretera a las dos de la mañana, en busca de la escuela y de las víctimas.
[first two pictures]
Nos encontramos con una abuela que lloraba, caminando por la carretera con algunas de sus cosas apiladas sobre la cabeza, alejándose de su casa. No sabría decir qué había dentro del fardo, pero la mujer parecía agotada. No del peso de la carga, sino del peso de saber que su marido no abandonaría su casa, que esta vez no escaparía de ella. Mi amigo Mohammed la abrazó, la besó en ambas mejillas, y le dijo que fuera fuerte, que era horrible, pero sé fuerte, querida abuela. Llamó un taxi, el mismo que habíamos alquilado para llegar hasta allí, y la sentamos en él, ahorrándole la caminata hacia donde quiera que fuese. "Ésa es mi abuela", dijo Mohammed, refiriéndose a su propia abuela, que estaba en la zona de Josar, al este de Jan Yunis, a la que no podía llegar y por la que estaba muy preocupado. La carretera hacia el sur estaba bloqueada por la presencia israelí; las ambulancias que llevaban pacientes a Rafah necesitaban una "coordinación especial" para atravesar la zona. Lo único que podía hacer Mohammed era intentar llamar una y otra vez.
Seguimos caminando, buscando la escuela que, como descubriríamos después, se había usado como centro temporal de detención e interrogación.
[rest of pictures]
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